Rafael Santos Torroella

Rafael Santos Torroella a El Noticiero Universal (1961)

Me parece dado en justicia el premio Atenea de “la exposición del mes” que La Voz de Cataluña ha concedido al pintor J. Capella actual expositor de la Galería Jaimes. Mucho más si en el fallo se han tenido en cuenta razones, no tanto de mejor o peor, de mayor o menor brillantez, como de estímulo a la seriedad modesta y aplicada, al esfuerzo silencioso dirigido al fondo de las cosas más que a su forma, por paradójico que esto, tratándose de arte  pueda parecer.

A ello obedece, sin duda, que las imágenes que Capella nos ofrece en sus lienzos, sobre todo, en sus paisajes de los alrededores de Moncada, no sean nunca epidérmicos ni tribales. No hay en ellos la momentaneidad vistosa pero ya vulgar de tanto paisajismo como desde el disparadero impresionista nos ha llovido pública y privadamente. En esas imágenes hay el resultado de previas y prolongadas contemplaciones, de un interrogar lento, callado, frente al paisaje, al que pide algo más que su engaño a los ojos.

Así, los tonos que dan siempre una nota franciscana de hondura -pardos, grises, ocres, violetas- son en los cuadros de Capella los que establecen la severa sintaxis descriptiva, y pese a la vivacidad de los verdes, los amarillos y los bermellones que nombran y adjetivan a los árboles, las lomas, las montañas y los caminos, la impresión general es de gravedad austera. Es decir, de una emoción contenida y repensada largamente, para no expresar de ella sino lo que, desde la buena voluntad y el buen sentir del pintor, importa seriamente comunicar. Y esto es, sobre todo, lo que para mí, al margen de estilos y  escuelas, lo hace acreedor al premio citado.

 

Rafael Santos Torroella a El Noticiero Universal (1966)

Juan Capella en Agora

Excelente exposición ésta del pintor de Montcada Juan Capella. En todas las obras que presenta se destaca la solidez constructiva de la composición, resuelta, no obstante, sin rigideces ni, por ella, mengua de otros valores. Las gamas que emplea son, a un tiempo, sobrias y delicadas, con predominio de entonaciones locales, si bien, dentro de ellas, con muy sutiles matices y desempeñando asimismo importe papel, no sólo como color en sí mismas, sino como elementos que componen y estructuran el conjunto. Los paisajes, escalonados en planos, pero sin forzamientos de perspectiva, porque no están en función de un espacio real sino del que cada pintura construye de por si, son de gran belleza. Y lo mismo cabe decir de sus interiores, muy originales de concepto y  de encuadre, así como de sus bodegones y sus figuras, en los que, al igual que en sus paisajes, nunca pierde de vista su objetivo que es, ante todo, construir con los elementos tomados de la realidad algo que valga en sí mismo, como superior realidad de la pintura propiamente dicha.

 

Joan Capella a Sala Dalmau (1986)

…En todas las obras que presenta se destaca la solidez constructiva de la composición, resuelta, no obstante, sin rigideces ni, por ella, mengua de otros valores. Las gamas que emplea son, a un tiempo, sobrias y delicadas, con predominio de entonaciones locales, si bien, dentro de ellas, con muy sutiles matices y desempeñando asimismo importante papel, no sólo como color en sí misma, sino como elementos que componen y estructuran el conjunto. Los paisajes, escalonados en planos, pero sin forzamientos de perspectiva, porque no están en función de un espacio, sino del que cada pintura construye de por sí, son de gran belleza. Y lo  mismo cabe decir de sus interiores, muy originales de concepto y de encuadre, así como de sus bodegones y sus figuras, en los que, al igual que en sus paisajes, nunca pierde de vista su  objetivo que es, ante todo, construir con los elementos tomados de la realidad algo que valga en sí mismo, como superior realidad de la pintura propiamente dicha.

 

Joan Capella y el cubismo

Como salta a la vista, Capella, el pintor de Montcada i Reixac, soledoso feudo de Juan Ramón Masoliver –a quien aquél plasmó en un enérgico retrato con empaque y vislumbres unamunianos- procede del cubismo. Pero de un cubismo pasado previamente por la que en tiempos se llamó Escuela española de París, a la que él hoy se sigue declarando perteneciente, y con la que entró en contacto directamente, a través de Viñes, Bores y Peinado, durante su prolongada estancia en la capital francesa entre 1965 y 1970. Antes, se había destacado ya por su participación en los salones barceloneses de Octubre y de Mayo, así como en la tercera Bienal Hispanoamericana (1955), y en sendas primeras exposiciones individuales en los Ateneos de Barcelona y Madrid (1956-1967). Después, extendió su radio de acción a Francia y otros países, quedando adscrito desde 1991 a la galería Jean-Pierre Joubert, de París, De todos modos, desde sus comienzos, los paisajes de Montcada, escalonados en planos, aunque sin otros forzamientos de perspectivas que los que cada uno construía de por sí en virtud de su propio contenido temático y formal, apuntaban ya en la mencionada dirección cubistizante.

Que en tal sentido, experimente Capella la misma atracción que hiciera tanta mella en sus coetáneos de la Escuela de París, y que igualmente descubrimos en otros artistas catalanes de hacia la misma época -tal vez como ecos de la famosa exposición cubista de la Galería Dalmau en 1912-, podría inducirnos a pesar que, en efecto, el cubismo lleva “sang espagnole dans les veines”, como quería mi amigo Víctor Crastres, director que fue del Museo de Céret. Aparte de ellos, o por añadidura, bueno parece que, cuando corren tiempos en que la precipitación de los “ismos” nuevos arguye contra su permanencia como tales -de modo que ni siquiera llegan a ser explorados en todas sus posibilidades-, se den excepciones, como ésta del cubismo, que todavía sigan vigentes y dando frutos no miméticos, sino con frescor de savia nueva también, como los que Joan Capella expone actualmente en la Sala Dalmau. En ella ha reunido una treintena de óleos sobre tela y sobre papel, con la variedad temática en él acostumbrada, dentro de la cual se destacan sus naturalezas muertas, de las que bien puede decirse que ha hecho un género propio.

Este último, en el bien entendido de que el esquema subyacente al que responden sus obras de esta clase es el del cubismo “sintético” de Juan Gris y no el del cubismo “analítico” de Picasso. El de Gris, por su claridad, su mayor facilidad de lectura, su precisión y su rigor, que le hicieron decir al gran crítico catalán Magí Cassanyes que “Gris pintaba como en cumplimiento del deber”, habría de ser el que privara en todas partes entre los cultivadores del mismo género, dentro de las posteriores desidencias o derivaciones del cubismo. Un ejemplo concreto y cercano es el del Dalí de la época de los Ibéricos (1925), cuya serie de naturalezas muertas, a base de una botella de ron y de fruteros con peras o racimos de uva, tiene como punto de partida reproducciones concretas de obras de Juan Gris publicadas años antes en las revistas L’Esprit Nouveau y Valori Pastici, de las que el pintor ampurdanés era entusiasta lector. Es ése el mismo cubismo que siguen, con aportaciones de otras procedencias, los componentes de la citada “Escuela española de París” y, al igual que ellos, Joan Capella, quien a su través recibe inspiraciones y sugerencias análogas en ocasiones. Pero pudiera decirse que el último lo que hace es acogerlas, parándose a escuchar -a la inversa de la norma machadiana en poesía- antes las voces que los ecos. Es decir, antes lo que tiene ya, en el mundo de los colores y las formas tiempo y acrisolamiento de memoria ejemplar, que lo que sólo es origen todavía, según la advertencia de Nietzsche con respecto a la tradición, frase que posiblemente inspiró a la tan conocida y repetida de Eugenio d’Ors también sobre ella, pero cuyo sentido en modo alguno equivale al que a la suya quiso darle aquél.

Por eso, porque no es sólo “origen” o principio de algo, sino ese “algo” mismo, ya cumplida -refinada- sazón de la savia o los ecos que en él se hallaban inscritos, es por lo que estas obras del pintor de Montcada i Reixac poseen esa especial distinción comunicativa de lo que en pintura -y pintura figurativa, como la suya lo es- se nos brinda como lo que suele haber sido largamente meditado, pero, a la vez, sentido. Esto es, creado en obediencia a unos planteamientos rigurosos y, a la par con unas soluciones a ellos de las que emana, sencilla y bellamente, esa exquisita presencia natural de las cosas que, tomadas de la realidad inmediata, hace que éstas valgan en sí mismas dentro de la unánime realidad envolvente -espíritu y entorno humano a un tiempo. De la pintura tan propiamente dicha como, con ecos de un ayer cercano, hoy suele seguirla diciendo Joan Capella.

 

Sala Dalmau (1995)

La pintura silenciosa de Joan Capella

Como cada temporada por estas fechas, la Sala Dalmau presenta alguna exposición dedicada a las vanguardias históricas y a la Escuela española de París, reafirmándose cada vez en la que, desde los tres lustros transcurridos desde su apertura, constituye su dedicación exclusiva. Quiere decirse, pues, que en tal sentido se ciñe a una profesionalidad estilística coherente con los riesgos y las ventajas que ello comporta.

El actual expositor de la Sala Dalmau es Joan Capella, que se formó y residió siete años en París, pero que ahora vive y trabaja en Montcada i Reixac, donde muy cerca, en Vallensana, en el Valles occidental, tiene por destacado convecino a Juan Ramón Masoliver, a quien recuerdo que Capella plasmó en un enérgico retrato con empaque y vislumbres unaminianos. Por su parte, Masoliver, repito, trazó en uno de sus magistrales artículos de hace unos años la epopeya de su amigo, a la cual pertenecen las pinceladas que siguen: “Ése es nuestro hombre, ante el caballete, a solas con el paisaje, penetrándolo, desentrañándolo, convirtiéndolo en expresión humana merced a su sobrio, meditado y sabio lenguaje (…). Y quien dice paisaje, dice los electos que lo pueblan y diversifican (…). Dígase de esas figuras suyas, rotundas, que no quieren olvidar la arcilla que nos dio el ser; de esos bodegones e interiores racionalmente construidos en sus acordes, poética y cordialmente estructurados como otros tantos paisajes…”

Quédese la cita aquí, con sólo el añadido de que Masoliver también le llama “introvertido, diligente y sabio pintor, de inveterada sencillez”. Son palabras que se escribieron hace veinte años, como texto para acompañar el catálogo de la exposición que Capella presentó en las hoy desaparecidas Galerías Syra. En ellas, en esas palabras transcritas, observamos la excepcional calidad humana del personaje y hasta nos parece intuir a través de ellas el inequívoco talento del artista.

Pero son muchos los veinte años más que cuenta ahora para que, durante su transcurso, él no haya evolucionado en algún sentido. No lo habrá hecho, tal vez, por  contagio de otros notables pintores, como aquéllos con los que formó grupo en París, donde expuso con Viñes, Peinado, Clavé, Bores, Parra, Flores, etcétera. Peor por el cotejo entre las treinta obras que nos muestra ahora con las de sus catálogos anteriores, también en la Sala Dalmau, ni la temática ni la paleta distan mucho entre sí. Sólo se advierten una riqueza y una sutileza mayores, con cierta tendencia a las tintas planas a las que, sin embargo, las veladuras confieren una especie de vibracionismo y, en los rostros de los personajes, de “clownismo” a lo Barradas, que incluyen tonalidades nuevas, exquisitas gamas de violetas, ocres, pardos, verdes, rojos, azules y blancos que tienen, más que peso y gravedad de pigmentos naturales, algo así como unas musicales levedades acústicas. Tan leves que más parecen enhechizadas por el silencio que por el rumor o, tal vez, por una armonía oculta que hace pensar en algo trascendente, como aquel “no sé qué quedan balbuciendo las palabras” a que en uno de sus versos alude San Juan de la Cruz. Por eso, María Zambrano pudo decir, en su bellísimo libro Algunos lugares de la pintura, “no es hija de la luz de la filosofía diáfana, transparente, sino de la luz religiosa de los misterios”.

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Fundació Joan Capella