Juan Ramón Masoliver

Joan Capella a Galerias SYRA (1975)

Confieso que con Joan Capella me ha sucedido algo poco común. Conociéndole de antiguo, como a sus hermanos Josep y Miguel, pues no en balde hoy tiene en ellos sus representantes la estirpe montcadense de los Arenas, y bastante más de un siglo data nuestra vinculación con Montcada –si en Vallensana, Besós por medio-; sabiendo incluso de su afición a pintar, lo cierto es que tardé bastante en ver un cuadro suyo. No sé si exagero, mas sospecho que esto no llegó hasta 1955, cuando en la Bienal Hispanoamericana acogimos en bloque –tal como sus organizadores lo presentaron– el VIII Salón de Octubre, al que Capella participaba con un paisaje en azules. Y cuenta que para entonces había entrado yo en contacto con “Tertulia”, el joven grupo montcadense animado, a par de los Capella, por Moisés y Carlos Vilalta, Xavier Fàbregas, los pintores Mas y Prats, el poeta Pulido, Càndid Cervera, Jaume Trías y más que dejo, todos a una concertados en un generoso plan de acción cultural: con su revista mimeografiada, con sus premios de pintura y el Rosa de Reixac para la poesía.

Entre tanto organizar debates, exposiciones y concursos y crear no sé qué taller de Nazareth donde desinteresadamente impartían enseñanzas de formación Professional (con éxito, pues consiguieron se instalara un centro oficial de este tipo), entre tanto prodigarse para contrarrestar el malhadado papel de suburbio-dormitorio asignado a Montcada bajo el alud de inmigrantes, la verdad es que Capella no dejaba margen para que viéramos en él al pintor. Pon que su talante introvertido (su delicada y señorial sencillez, mejor) cuidadosamente orillara cualquier muestra de atención a su obra, cual si su pintar fuera un desahogo más de la alegre brigada que anualmente se despeaba, entre intereses artísticos y sociales, por la parte de Aragón aledaña de Cataluña: una atracción, la ejercida por esas tierras ásperas y su sufrida humanidad, que sucesivamente ampliaría el radio a las Castillas, a lo más desnudo de nuestro propio solar.

Todo ello entrando al corazón de este hombre de pocas palabras, reflexivo, entrándose por las rendijas de sus ojos de mirar penetrante, rapaces, en cabal correspondencia con esa testa suya no sé si de alcotán, con hieratismo de momia afilados los rasgos mientras acecha la caza. Ese es nuestro hombre ante el caballete, a solas con el paisaje, penetrándolo, desentrañándolo, convirtiéndolo en expresión humana merced a su sobrio, meditado y sabio lenguaje de gamas frías. Y quien dice paisaje dice los elementos que lo pueblan y diversifican, así se trate de árboles y cultivos y animalía, de celajes, construcciones u hombres. Dígase de esas figuras suyas, rotundas, que no quieren olvidar la arcilla que nos dio el ser, de esos bodegones e interiores racionalmente construidos en sus acordes, poética y cordialmente estructurados como otros tantos paisajes.

Por una vez que el introvertido, el diligente y sabio pintor, venciendo su inveterada sencillez -alguien pensará que altanería, como las aves de tal suerte- se aviene a dar amplia muestra de su buen hacer, no me parecen fuera de lugar las consideraciones que llevo escritas. Con la convicción de invitaros a una fiesta nada común. La de una exposición que causará sorpresa, muy agradable sorpresa.

 

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Fundació Joan Capella