José Corredor-Matheos

Del catàleg Espais de Memòria (1997)

 La lección de Joan Capella

Hablar de naturalidad, en arte, se presta a confusiones, ya que este es, sino contrario a la naturaleza, sí distinto y, en cierto sentido, opuesto. El artista crea un mundo que viene a sustituir el mundo real, al tiempo que es continuación suya. En este caso, con naturalidad quiere decirse justeza, fluidez en la creación, falta de afectismo y honradez.

Joan Capella obra con naturalidad porque su mundo brota como fruto maduro y no trata de engañarnos ni impresionarnos. Todo esto, que sabemos quienes conocemos al artista, es manifiesto en su pintura. Obsérvese la congruencia con que se produce su evolución. No hallaremos en ella ninguno de los cambios bruscos, y con frecuencia injustificados, que se han dado en las últimas décadas. Entre los lienzos y realizaciones sobre papel de los años setenta y las actuales existen, claro está, considerables diferencias, pero el proceso intermedio nos lo explica. Veamos como figuras, paisajes y bodegones, más realistas, aunque esquematizados, van flexibilizando la construcción, y ya sea porque, por más que se subrayan los perfiles, se dan libertad a la masas de color, o porque se vaya borrando la distinción entre las diferentes formas, se liberan dibujo, forma y color, y se alcanza un avanzado grado de abstracción. Las referencias realistas no se llegan a abandonar del todo. El mundo de cada día, figurado, más o menos figurado, sigue constituyendo el punto de partida y siguen reconociéndose la figura, el paisaje y el bodegón.

La liberación alcanzada por los distintos factores, y por el cuadro en su conjunto, flexibiliza los colores, y las formas parecen convertirse en una sola. Esto resulta acorde con el entendimiento que tiene hoy la ciencia del mundo físico. Más aún, nos enseña que a nivel subatómico, más que de entidades discretas hemos de hablar de relaciones entre ellas. Así transponiendo estos conceptos al arte, podemos decir que, en un bodegón de Joan Capella, más que de botellas, copas, cartas y otros objetos que pueda haber sobre la mesa, hemos de hablar de campo en el que apreciamos esencialmente las relaciones que se establecen entre los diferentes objetos y que ellas son lo que verdaderamente importa. La forma total es resultado de un movimiento, y lo que nos atrae es el dibujo y el ritmo que crea ese trazado, así como el color, que en una zona se desplaza hacia el rojo y en otra hacia el violeta, pugna siempre por sobrepasar esos límites.

El color es suave y la forma adopta el discurrir de la curva o la recta, según lo reclame el tema. Pero esta recta, por marcada que pueda estar en parte de su recorrido, termina integrándose en la precisa impresión del dibujo y de la forma, y como disolviéndose en el fondo del color. La estructura se mantiene. El esqueleto es el mismo que el de sus obras de tiempo atrás. Cambia la carne -la carne cambia siempre-, y más aún el vestido. Pero seguimos reconociéndolo todo. Advertimos que lo más antiguo y lo más reciente, y todo lo que encontramos entre medias, son Joan Capella. Incluso que la estructura es la que aprendió al principio de su carrera en el cubismo. Y resulta interesante comprobar cómo, a fines del siglo XX, sigue vigente en arte, y más de lo que cabria sospechar, la lección de Picasso y Braque.

Para Capella, esta y otras cuestiones, no constituyen un verdadero problema. Para él, como para el filósofo, los problemas no se resulten, sino que se disuelven. Su arte fluye sin las interrupciones que suele producir una intervención básicamente racionalista, que tanto enfría y malogra una creación que pide un brotar espontáneo y desinteresado. Esta “aparent senzillesa”, para decirlo con palabras de F. Draper, “no és altra cosa que una subtil mestria que sedueix sense propasar-s’ho”.

Una antológica es siempre prueba de fuego para todo artista.

Está en juego la acreditación de la necesaria congruencia, la comprobación de que todo es obra del mismo creador, y no –como dijo alguien a propósito de cierto, o incierto, artista- “una hermosa colectiva”. No se trata de las posibles rectificaciones y caídas, que por otra parte no sabría descubrir aquí, sino de la ligazón personal y temporal de las distintas obras y etapas. Joan Capella consigue convencernos de que todas estas pinturas que tenemos ocasión de ver juntas son efectivamente suyas, y no de unas ternas ocasionales, propósito primordial de una exposición antológica. Y si a ello sumamos que hay en estas obras calidad y emoción, el objeto de esta magnífica exposición está plenamente cubierto.

Hay que felicitar por ello a los organizadores, y sobre todo al artista, que tiene, ha de tener, la satisfacción de poder mirar atrás cuando se halla en fase de fructífero trabajo creativo.

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Fundació Joan Capella