Francesc Draper

Francesc Draper (1986)

Capella apresa la luz, recrea el ambiente y estructura el tema con todo el rigor de los pintores que han bebido en las fuentes del cubismo. Su obra desprende el aroma inconfundible de los pintores españoles de la Escuela de París y su admiración por Bores y Peinado no es ajena a esta influencia que se trasluce en cada pincelada.

El destello, la vibración, el gesto y el clima del conjunto son más importantes que la anécdota o el detalle preciosista.

En sus composiciones, un perfil es suficiente para sugerir un mundo de sensaciones, pues las formas inacabadas son más atractivas, ya que permiten, en muchas ocasiones, una participación activa del espectador, electo indispensable para toda obra de arte y sin el cual ésta no se consuma, el círculo no se cierra y la línea queda abierta sin solución de continuidad.

 

Francesc Draper (1989)

Contemplar l’obra de Joan Capella és entrar en el món de la llum i de la simplicitat de formes. Els objectes es descomponen en facetes i la geometria del perfil recompon un prisma de llum que d’altra manera es perdria en el camp de l’abstracte.

El joc de les ombres és, com a contrapunt, quelcom consubstancial a la seva pintura, una pintura que arrenca de la gran revolució avantguardista iniciada a principi de segle amb l’aparició del cubisme, vertader motor dels moviments pictòrics posteriors que han arribat fins als nostres dies.

En la seva dilatada història, i desprès de tantes exposicions, l’obra de Joan Capella conserva la frescor d’una pintura assolida sense amanerament ni falsos efectismes. Es tracta de pintar amb totes les conseqüències i aquest és el resultat que s’obté, assumint netament el risc d’una aparent senzillesa, que no és altra cosa que una subtil mestria que sedueix sense proposar-s’ho.

 

Francesc Draper (1997)

Del catàleg Espais de Memòria

Me interesó su obra desde el momento en que tuve ocasión de admirar sus cuadros. Fue para mí un descubrimiento que desató un deseo incontenible de conocer a su autor. Su nombre, Joan Capella, era para mí un absoluto desconocido en aquella fecha. Efectivamente, por el año 1970, Capella se prodigaba poco en exposiciones y no fue hasta 1977 cuando en una exposición colectiva celebrada en la desaparecida Galería Syra, vi nuevamente varios de sus cuadros. Fue entonces cuando un común amigo, pintor también, me lo presentó y rápidamente congeniamos.

A los pocos días de nuestro primer encuentro, le visité en su estudio de Montcada y pude disfrutar de una visión exhaustiva de su obra. Sus cuadros desfilaban ante mis ojos como una panorámica completa de la ingente obra de un artista silencioso y modesto que, en la quietud de su estudio, había trabajado incansablemente con la seguridad de que su obra estaba en el buen camino. En todos los temas se percibía una extraordinaria facilidad para el dibujo y un gusto innato por el color.

Su pintura respira el fuerte latido de las Vanguardias Históricas de los años 20 y 30.

“La escuela de París”, que conoció en los últimos años de esplendor, tiene un fiel reflejo en su obra. Capella aporta una personal visión del cubismo que ha sabido adaptar a su estilo. Esta influencia se refleja en la ajustada composición del cuadro y en los perfiles geometrizantes, la línea de los cuales centra perfectamente el tema elegido.

Como contraste, los fondos quedan desviados en una atmósfera intimista que redondea la unidad de la obra. El trazado de las formas debe ser riguroso porque no caben componendas ni arreglos de conveniencias. Se logra o no se logra el objetivo, y el resultado, se adivina ya en las primeras pinceladas.

Detrás de estas obras uno puede pensar que se oculta un artista complicado, teorizante, un hombre que ha vivido más o menos de cerca importantes movimientos artísticos, y que ya se halla “de vuelta”. Sin embargo, la verdad es muy distinta. Capella es un hombre sencillo de trato y sus sólidos conocimientos pictóricos no constituyen una barrera ni una traba para el espectador que de buena fe se acerca a conocerle.

Yo, en mi primera visita a su estudio, quedé cautivado por su carácter abierto, amable y comunicativo, no es de extrañar, pues, que rápidamente estableciéramos una buena amistad y poco después un contrato comercial verbal que seguimos respetando escrupulosamente por ambas partes y por el cual el artista cedía a la sala Dalmau la exclusiva de su obra, con todo lo que ello implicaba: compras en firme, promoción…

Nunca he sido partidario de firmar contratos con los pintores, la simple palabra debe bastar cuando se trata con gente seria y, por otra parte, hay que reconocer que por muchas cláusulas que se suscriban, si una de la su partes no quiere cumplir, el contrato acabara rompiéndose.

He tenido el placer de acompañar a Capella en varios viajes y recuerdo especialmente el de París en el año 1988, donde la Galería “Jean Pierre Joubert” celebró una importante exposición individual, que fue magníficamente acogida y en donde sigue exponiendo periódicamente. Esta exposición, sin embargo, no pudieron verla sus amigos de otro tiempo, vinculados a “La Escuela de París”, pintores y escultores que residían en París desde la postguerra española (Viñes, Peinado…) y desde antes. El tiempo inexorablemente ha borrado a toda esa generación de artista, pero no su obra, que permanece viva y con el reconocimiento del que en muchos casos no disfrutó en su momento. Capella, junto con Juan Alcalde, es de los últimos representarse de esa generación y, felizmente, los dos continúan dando muestras en nuestras exposiciones de una fecundidad creadora propia de los mejores años de su juventud. Son artistas de obra directa, que se apoyan en la vida real y que a través de breves notas tomadas al natural, proyectan en el lienzo su visiones previo haber sentido en vivo y ante el objeto, el latido de la emoción, aunque después, reposadamente en la tranquilidad del estudio y a la vista del apunte, se va creando la verdadera obra, enriquecida por la técnica y el conocimiento del artista. Lo cierto es que desde el primer momento ya se ha concebido mentalmente con detalle toda la obra.

Creo que a eso se refería el gran Leonardo cuando afirmaba que “la pintura es una cosa mental” pero, a pesar de todo, el resultado habla sensiblemente y con emoción, directamente al corazón, como fruto de una inspiración, como fruto de una inspiración repentina. Este es el gran valor de la obra de Joan Capella.

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Fundació Joan Capella